Malena
Short stories in Spanish
Para Rosario, la verdadera Malena. Para las almas que escuchan.
“Dios mío, protégeme. Que todo me salga bien. Un, dos, tres. Respira profundo”.
En cada paso el aire se hacía más denso. Era, en verdad, cada vez menos aire y más humo. Un olor profundo y penetrante dominaba el ambiente. Ya estaba ahí. Todo saldría bien.
Se encontró con las personas que la guiarían en la zona y se sintió un poco más tranquila. Sus sentidos estaban a tope. Quería capturarlo todo. Tenía una idea -si eso- del lugar, pero en realidad todo era más chocante.
Las chicas comienzan a entrar al recinto. La chica de asistencia social sonríe con amabilidad y ojos expectantes. Malena le devuelve la sonrisa.
“Qué bueno que anoche conseguí dormir”, pensó Malena mientras las actividades comenzaban.
Una noche sin trabajo y la vida le dio a cambio una oportunidad.
No eran ojos los que la miraban. Era empatía pura. Malena supo que podía confiar.
La atención y la sonrisa de la chica de asistencia fueron un regalo.
La tomó por el brazo y, mientras le contaba su historia, volvió a ser aquella chica de 16 años que solo quería sentirse parte del mundo y buscaba un oyente, uno real, en medio de las noches de baile, del cigarrillo y del alcohol.
Esas noches nunca terminaron y eso que ella tanto quería contar tampoco fue dicho.
¿Acaso algún día será contado del todo? Tal vez no.
Ese día de junio, por un momento, fue humana de nuevo.
Quizá las noches y los días vuelvan a ser como antes.
Ella, joven otra vez, con sus Converse y un lugar en el mundo.
¿Sería posible?
La noche llega de nuevo. Malena no puede permitirse otra noche sin trabajo.
Al cerrar la puerta de casa, los ojos de la chica de asistencia ya no sonríen: se inundan en llanto.
Por Daniela Rojas, Colombia
[…]
Sabíamos que existía la posibilidad de no regresar. Malena, apúrate, el tren se está yendo. Espérame, cabrón, me respondió mientras corría a toda prisa cargando una bolsa llena de discos. Al verla correr no entendía porque llevaba tantos discos, como si le fueran más necesarios que la ropa o sus artículos personales.
Llegamos a eso de las 2 de la madrugada y la ciudad parecía muerta, aunque no para los perros, tan celosos de su calle pues al pasar cerca no faltaba alguno que se nos viniera en cima. Pinches perros ruidosos, me caen bien gordos, decía Malena mientras intentaba encender su cigarro.
Caminamos unas 2 horas hasta que finalmente encontramos el dichoso Club 7. Todos la saludaban a ella, mientras yo caminaba a su lado, entre que viendo quien se acercaba a ella, como si fuera su guardaespaldas, y analizando el lugar, que tenía una iluminación bien pinche. Aunque la música estaba buena, tenía la constante sensación de que aquello en cualquier momento iba a estallar y todos caeríamos al vacío, yéndonos todos a la chingada.
¡No seas maricón y ven a bailar! Malena me gritó desde la pista de baile mientras yo esperaba sentado en la barra. Me encantaba contemplarla bailar. Era explosiva pero elegante al mismo tiempo. Coqueta pero no fácil. Más de 2 fracasaron al intentar acercársele.
Pasó solo un segundo en que la perdí de vista, en el que yo me voltee para darle un trago a mi cerveza, y ya la tenía frente a mis narices, estirándome. Vamos, buey, me dijo. ¿Qué pasó?, le respondí. Ya valió madre, vámonos rápido, me gritó, mientras comenzaba una lluvia de cerveza y se escuchaba de fondo ‘Disco Deewane’ de Nazia Hassan.
[…]
Por Antonio López, México



